¿Si Facebook o Twitter quisieran eliminar mi presencia de sus redes sociales, qué se lo impediría?
Hace apenas cuatro años esta era una pregunta que solo se hacían trolls o deslenguados adolescentes con adicción al celular.
Hoy día, esta pregunta es de la mayor importancia estratégica para Estados, líderes políticos, personalidades de alto perfil y empresas privadas.
En las Américas hemos visto como, tras la eliminación de las cuentas asociadas a los gobiernos cubano y venezolano, el pasado mes de noviembre fue el propio Donald Trump, cuando aún ostentaba el cargo de Presidente de Estados Unidos, el que fue suspendido de todo acceso a las redes, junto a decenas de miles de sus seguidores.
Vemos así que Mark Zuckerberg o Jack Dorsey no entienden de izquierda o derecha a la hora de censurar las redes de su propiedad.
Adicionalmente, la semana pasada Facebook decidió eliminar al conjunto del país Australiano de su servicio, ante la insistencia de las autoridades gubernamentales australianas de que Facebook o Google pagaran derechos de autor por las noticias que diseminan.
En plena pandemia, la eliminación en bloque de todas las cuentas de titularidad australiana puso en jaque no solo la actividad de empresas y usuarios, sino también las iniciativas educativas, o de salud, que en estos momentos dependen totalmente de la comunicación virtual.
Situaciones como estas inevitablemente harán que el concepto de soberanía digital gane tracción y popularidad en los próximos años.
Hasta hace bien poco, solo naciones como Rusia, China o Irán, en clara desavenencia política con Occidente, vieron necesidad de construirse cada una un Internet autónomo y defendido por muros tipo firewall.
Sin embargo, en el último año actores de intachable carácter democrático como la India o la Unión Europea, han apuntado hacia una necesidad de realzar sus niveles de soberanía digital.
Tal como decía un estudio encargado por el Parlamento Europeo: con vistas a la aprobación de su Acta de Servicios Digitales:
Una nube/firewall europeo podría impulsar un ecosistema de innovación basado en los datos digitales europeos. Promovería la competitividad y establecería estándares de la misma forma que ha sucedido en China en las últimas dos décadas. Los pilares de esta nube europea serían los valores de transparencia, libre competencia y protección de datos.
En latinoamérica, ha sido el presidente López Obrador el que, alarmado ante la posibilidad de que actores externos al país intervengan en las elecciones, ha propuesto una mayor supervisión pública sobre las redes sociales.
La propuesta mexicana, sin llegar al punto de crear una esfera digital autónoma, si propone ampliar las facultades del Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT), análogo al Indotel dominicano, para convertirlo en regulador de las redes sociales con más de un millón de usuarios, siendo así el responsable último de los términos de servicio en territorio mexicano.
La República Dominicana posiblemente es un mercado demasiado pequeño para intentar negociar de igual a igual con los gigantes FAANG (Facebook, Amazon, Apple, Netflix y Alphabet).
Sin embargo, tras la reciente licitación pública internacional de frecuencias para la instalación de tecnología 5G, es lógico que el futuro de nuestra vida económica, institucional y personal esté cada vez más mediatizada por empresas digitales internacionales, tanto a nivel de infraestructura como de contenidos.
Tanto el sector público como el privado ganarían de monitorear las diversas iniciativas que busquen realizar, bien la autonomía nacional/ regional, bien la neutralidad de la red que hoy ya parece pertenecer a un pasado distante.
En este sentido sería prioritario buscar alianzas y coordinación con otros actores públicos y privados de la hispanoesfera. Solo así podrían sumar la masa crítica suficiente, bien para sentarse a la mesa de negociación o para crear proyectos paralelos que respondan a las necesidades de los usuarios y empresas latinoamericanas.